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VIAJES Y TURISMO

Todo los caminos comienzan en Marrakech

En un radio de 200 kilómetros, los alrededores de esta ciudad de Marruecos ofrecen playas y montañas, oasis y desiertos, historia, mercados atractivos y paisajes propios de "Las mil y una noches".

07/07/2017

Nadie puede negar que Marrakech, ubicada en el centro exacto de Marruecos, es uno de los destinos más atractivos que puedan encontrarse: la Plaza Djemaa el-Fna es el epicentro del caos.

Bicicletas y motocicletas que parecen dispuestas a arrollar a quien se interponga, los miles de puestos que moldean el zoco (el mercado) en los que se ofrece desde especias y kaftanes (esas túnicas largas que tanto se ven en Oriente) hasta minutos de internet o zapatillas que dudosamente responden a la marca que tienen impresas, números de feria de otros tiempos (una adivina, un encantador de serpientes, hermanos equilibristas, adiestradores de monos) y grupos musicales que tocan su música a todo volumen sin que les importe que sus colegas estén haciendo lo mismo en ese idéntico instante, calles estrechas con forma de laberinto que tanto pueden llevar a algún lado como no…

De fondo, ese terracota omnipresente (llamado, precisamente, “rojo Marrakech”) y ese aroma a delicia local, como el kebab de cordero o las berenjenas asadas, que se pueden adquirir en esa misma plaza por apenas un par de euros.

Una caminata más amplia puede abarcar la medina, la parte antigua amurallada de Marrakech, dentro de la cual se ubican la kasbah, el emplazamiento original, donde se ubicó la primera población, y la mellah, el antiguo barrio judío, suele ser el más deteriorado. En la kasbah está ubicado uno de los pocos palacios que quedaron en pie en la ciudad: El-Badi (“el incomparable”, si se lo traduce), construido en el siglo XVI para hacer recepciones. Se pueden recorrer sus jardines con suelos y paredes de azulejos a rombos verdes, azules, rojos y negros y las diferentes habitaciones que lo conformaron.

Más al norte, el viejo centro de estudios coránicos Madraza Ben Youssef, de marcado estilo andaluz, y el Museo de Marrakech, un palacio bereber del siglo XIX. ¿Cómo volver a ubicarse en medio del caos? Muy sencillo: basta mirar para arriba y orientarse con la torre de Koutoubia, una de las mezquitas más importantes de la ciudad que data del siglo XII, que se ve prácticamente desde cualquier sitio.

Una de las principales riquezas de Marrakech está en que permite al visitante la posibilidad de recorrer decenas de mundos diferentes en apenas un par de días: si uno se aleja un par de centenares de kilómetros en una dirección, encuentra el mar; hacia el otro lado, las montañas; hacia un tercer punto, el desierto. Todos los recorridos pueden hacerse en un día, saliendo bien temprano a la mañana y volviendo a última hora. Incluso hay propuestas para pasar una noche en el desierto: a seis horas, pasando Ouarzazate, está Zagora, portal hacia las arenas interminables. La propuesta es andar en dromedario y dormir una noche en campamentos que tienen las comodidades de un hotel.

Para llegar a Essaouira (o Esauira), ciudad portuaria y balnearia, hay que recorrer unos 180 kilómetros desde Marrakech. Esto, que a primera impresión podría ser una mala noticia, es exactamente lo contrario: el camino está en buen estado y esconde, a lo largo de todo el trayecto, innumerables riquezas para descubrir. De hecho, conviene esquivar por algunos tramos de la impersonal autopista y transitarlos por las rutas nacionales, más “cercanas” a la realidad marroquí. Los caminos son seguros y, mientras son de asfalto, están en muy buen estado. De todas formas, es posible contratar un guía para que acompañe en todo el recorrido: se consiguen a presupuestos accesibles y pueden ser una ayuda fundamental para lograr una mayor inmersión en la cultura local y en las curiosidades que surgen en el camino, que parece extraído de alguna de las películas de la saga Indiana Jones.

Cada ciudad, cada pequeño pueblo, guarda una historia o una sorpresa. El cercanísimo Loudaya, sin ir más lejos, se exhibe frente a la ruta con sus interminables plantaciones. Se vislumbran duraznos, damascos, uvas, naranjas y olivas. Para probar algún producto, basta detenerse en la finca correspondiente, saludar y, de inmediato, el visitante es convidado.

Unos cuantos kilómetros más adelante emerge Sidi Mokhtar: un pandemónium de personas envueltas en túnica que se trasladan entre las pocas casas de terracota circundantes. Por aquí y por allá, decenas de automóviles Peugeot vintage (los más afortunados cuentan con los 504 de los ’90, los menos, con 404 de los ’70) que parecen explotar de mercadería. Todos llevan la prisa del conejo de Alicia.

“Los miércoles aquí se celebra esta feria donde se subastan alfombras y kilim, por eso está tan concurrido”, cuenta Bouchaib, el conductor de uno de los Peugeot. “Estos autos se usan para traer gente de los pueblos vecinos: en un solo viaje puedo cargar hasta doce pasajeros, más los bultos para la compraventa y, en ocasiones, algunas cabras y ovejas”, agrega.

Cuando restan unos 50 kilómetros para llegar a Essaouira, aproximadamente a partir de la aldea Majji, comienzan a aparecer árboles de argán: una especie que solo crece en esta zona y que, por sus propiedades (vitaminas, antioxidantes y un largo etcétera, se utiliza para fabricar el óleo homónimo.

“Es espinoso, por lo que hay que esperar a que el fruto caiga para recogerlo”, explica la dependiente de la cooperativa femenina de Assous. Hay una de estas entidades cerca de cada pueblo, constituida en general por un grupo de mujeres que se ocupa del proceso de recolección, de la fabricación de los productos finales y de atender al público para explicar todo lo anterior y permitirle una degustación de amlou, otro subproducto del argán, una crema untable con almendra y miel muy sabrosa. Pero no todos parecen tener la paciencia para esperar que el fruto del argán caiga: sobre un árbol, una cabra trepada en una de sus ramas busca acelerar el proceso.

Nuevas cooperativas de artesanos se suman en las aldeas sucesivas. Son los que trabajan la raíz de otro árbol muy frecuente por estos parajes, la thuja.

Finalmente, Essaouira emerge de fondo. Una ciudad amurallada, con una de sus paredes apoyada sobre un mar de color rojo. Un puerto con una actividad pesquera febril, con un fortísimo olor a pescado, gatos muy gordos y gaviotas tan llenas que parecen adormecidas sobre los palotes en los que se posan. El fuerte antiguo del puerto, que ofrece vistas panorámicas y cañones de cobre de otras épocas, puede visitarse por cerca de un dólar.

En la ciudad vieja, un conjunto de restaurantes blancos con marquesinas y toldos celestes remite ligeramente a las islas griegas. Los zocos son más prolijos que lo de Marrakech y los vendedores, menos acosadores. En los alrededores de la muralla se aglutinan artistas que exhiben sus trabajos. En la puerta posterior, la que da a los dos cementerios vecinos (uno católico, uno judío) se instalan unas coloridas carretillas que venden todo tipo de frutas y unas roscas de pan.

Antes de emprender el regreso, es posible darse un chapuzón en esas aguas amarronadas, donde también se puede dar una vuelta “a bordo” de un dromedario por sus arenas rojizas o hacer un curso para principiantes de windsurf. Otra opción es tomar un café en “Le Chalet de la Plage”, con sus terracitas con vista a las olas.

Hacia las montañas

Otra ruta mágica es la que lleva hasta el desierto: cuatro horas de recorrido por un camino montañoso en dirección a Ouarzazate y, luego, al desierto.

El cartel bilingüe que indica la llegada a Taferiat marca el inicio del Valle de Zat. Es el primero de un innumerable grupo de pueblos salpicados por la ruta hechos con casas de arcilla que, cuando se deterioran, sus habitantes las abandonan y se mudan a otra localidad, muchas de las cuales comenzaron a edificarse con viviendas de ladrillos.

GRACIAS DIARIO CLARIN